una vieja carta
Oct. 26th, 2017 05:57 pmNo alcanzo a recordar cuándo o como encontré aquella carta vieja, arrugada de hacía muchos años atrás, in la cual algún miembro de mi familia materna le advertía a mi abuelo acerca de la visita inminente de alguien en la familia quien, de acuerdo a la carta, ‘no era un hombre completo’, y en relación a quién le pedían a mi abuelo que lo ayudara a encontrar un pie de arranque en Caracas.
Cuando ví la carta me dió mucha lástima para con alguien a quien nunca conocí ni supe quién era, pero podía imaginar la situación de vivir en un ambiente tan extremadamente conservador, o incluso reaccionario, particularmente para un hombre gay para quien el hecho de serlo habría sido casi una sentencia de muerte y al menos de ostracismo social, de ser un freak a quien cualquiera y todos tendrían derecho de insultar y abusar.
Mi abuelo, ese hombre viejo con el sombrero de fieltro (en una ciudad donde nadie había usado sombrero por cuarenta años) que cojeaba, tenía una marca en la nariz que eventualmente se convertiría en un cáncer de la piel, era uno de esa gente muy conservadora que probablemente habría visto al objeto de la carta como un ser no enteramente humano y no natural. Estoy seguro, sin embargo, de que habrá tratado de ayudar. Esos andinos en la familia de mi madre eran gente taciturna de montaña, muy serios y un poco solemnes que no hablaban mucho y parecían capaces de guardar rencores por vidas enteras y por generaciones. Lo contrario a mi padre, mercurial y volátil, quizá en eso típicamente italiano, dado a expresar desacuerdo a voz en cuello, con epítetos y amenazas terribles que, solo mucho después aprendí, no tenía intención alguna de llevar a cabo. Mi abuelo, su suegro, por otra parte, no amenazaba, no gritaba pero era enteramente capaz de matar a quien lo ofendiera. En una ocasión por lo menos hemos debido saltar y desarmarlo cuando venía escalera abajo con un machete tras anunciar que ‘esta vez se pasó ud., Matani, y le voy a cortar la cabeza’.
En cuanto a la persona referida en la carta, a quien mi abuelo se suponía tenía que dar ayuda y albergue, nunca supe quién era, cuál fue su destino y ni siquiera cuando exactamente esto tuvo lugar -la carta no tenía una fecha-. Otro de los muchos pequeños enigmas en el ambiente en que crecí.
Ellos provenían de La Grita, que en aquellos tiempos habría sido un pueblo de mediano tamaño en Los Andes cerca de la frontera con Colombia. Había toda clase de leyendas acerca de la familia pero no habia información alguna acerca de la generación previa a la de mis abuelos. Alguna vez me dijeron que había primos nuestros en los páramos que aún no usaban zapatos ni sabían leer o escribir. Mi abuelo y mi madre nos llevaban a visitar a algunos primos que vivían en Caracas en barrios tan modestos como el nuestro. Recuerdo estar sentado muy envarado en salas de recibo, tomando café débil y dulce en tacitas de té con decoraciones de flores, con conversaciones formales y tiesas, todos vestidos de domingo, comentando acerca de eventos de su tierra de origen y su familia, con menciones de gente y lugares desconocidos para nosotros y misteriosos, aquel ‘Páramo del Guamal’ o ‘Páramo de la Negra’, pedacitos de historias de tiempos difíciles, de viejas rencillas nunca olvidadas, de cosas triviales de la vida cotidiana de aquellas porciones de la familia muy lejos, en un entorno de niebla, de montañas majestuosas, carreteras terribles y peligrosas y visiones del mundo profundamente conservadoras.
Cuando ví la carta me dió mucha lástima para con alguien a quien nunca conocí ni supe quién era, pero podía imaginar la situación de vivir en un ambiente tan extremadamente conservador, o incluso reaccionario, particularmente para un hombre gay para quien el hecho de serlo habría sido casi una sentencia de muerte y al menos de ostracismo social, de ser un freak a quien cualquiera y todos tendrían derecho de insultar y abusar.
Mi abuelo, ese hombre viejo con el sombrero de fieltro (en una ciudad donde nadie había usado sombrero por cuarenta años) que cojeaba, tenía una marca en la nariz que eventualmente se convertiría en un cáncer de la piel, era uno de esa gente muy conservadora que probablemente habría visto al objeto de la carta como un ser no enteramente humano y no natural. Estoy seguro, sin embargo, de que habrá tratado de ayudar. Esos andinos en la familia de mi madre eran gente taciturna de montaña, muy serios y un poco solemnes que no hablaban mucho y parecían capaces de guardar rencores por vidas enteras y por generaciones. Lo contrario a mi padre, mercurial y volátil, quizá en eso típicamente italiano, dado a expresar desacuerdo a voz en cuello, con epítetos y amenazas terribles que, solo mucho después aprendí, no tenía intención alguna de llevar a cabo. Mi abuelo, su suegro, por otra parte, no amenazaba, no gritaba pero era enteramente capaz de matar a quien lo ofendiera. En una ocasión por lo menos hemos debido saltar y desarmarlo cuando venía escalera abajo con un machete tras anunciar que ‘esta vez se pasó ud., Matani, y le voy a cortar la cabeza’.
En cuanto a la persona referida en la carta, a quien mi abuelo se suponía tenía que dar ayuda y albergue, nunca supe quién era, cuál fue su destino y ni siquiera cuando exactamente esto tuvo lugar -la carta no tenía una fecha-. Otro de los muchos pequeños enigmas en el ambiente en que crecí.
Ellos provenían de La Grita, que en aquellos tiempos habría sido un pueblo de mediano tamaño en Los Andes cerca de la frontera con Colombia. Había toda clase de leyendas acerca de la familia pero no habia información alguna acerca de la generación previa a la de mis abuelos. Alguna vez me dijeron que había primos nuestros en los páramos que aún no usaban zapatos ni sabían leer o escribir. Mi abuelo y mi madre nos llevaban a visitar a algunos primos que vivían en Caracas en barrios tan modestos como el nuestro. Recuerdo estar sentado muy envarado en salas de recibo, tomando café débil y dulce en tacitas de té con decoraciones de flores, con conversaciones formales y tiesas, todos vestidos de domingo, comentando acerca de eventos de su tierra de origen y su familia, con menciones de gente y lugares desconocidos para nosotros y misteriosos, aquel ‘Páramo del Guamal’ o ‘Páramo de la Negra’, pedacitos de historias de tiempos difíciles, de viejas rencillas nunca olvidadas, de cosas triviales de la vida cotidiana de aquellas porciones de la familia muy lejos, en un entorno de niebla, de montañas majestuosas, carreteras terribles y peligrosas y visiones del mundo profundamente conservadoras.